Siempre voy al mismo locutorio para navegar por Internet. Queda a tres cuadras y media de mi casa y las máquinas son modernas y rápidas. Hay suficiente espacio entre las sillas y nadie puede espiar mucho en la pantalla del vecino. Ya me conocen porque voy todos los días. Los que atienden, que son dos veinteañeros que se turnan los horarios, me llaman por mi nombre, algo me si bien no me irrita me molesta un poco, porque yo voy al locutorio a navegar por Internet y quiero preservar mi anonimato y no que me llamen por ni nombre real delante de los otros clientes. Todavía recuerdo ese día: eran las seis de la tarde y había mucha gente. Las máquinas estaban todas ocupadas y el que quería podía dejar anotado su nombre para guardar su turno. No sé por qué, pero cuando el empleado me preguntó el nombre, yo le dije el verdadero.
Tendría que haberle dicho cualquier otro nombre, inventarme un seudónimo o el mismo nick de mi messenger. Ahora odio ese momento, cuando llego y me saludan por mi nombre. Yo jamás les pregunté el nombre a ninguno de los dos, no sé cómo se llaman. Solamente respondo un cómo andás para quedar bien, por simple cortesía. Pero no quiero ningún trato personal con los empleados del locutorio ni con ningún empleado o dueño de ningún negocio de mi barrio. No quiero que sepan ni cómo me llamo, ni donde vivo exactamente (‘sabemos que vive por acá en el barrio’) ni de qué trabajo. Eso sería lo peor: que sepan cuál es mi ocupación. No porque tenga vergüenza en admitirlo, para nada. Pero no quiero que lo sepan ellos. Nunca comprendí esa manía de los comerciantes de barrio de querer enterarse de la vida de todos los vecinos. ¿Chismosos profesionales, camuflados periodistas amarillistas? No los entiendo. Lo más ridículo es que la mayoría no vive en el barrio. Son extraños en una tierra extraña, monigotes espías de otros barrios.
¿Qué les importa a ellos la vida de las personas de este barrio en particular? No me vengan con el cuento de la cordialidad del vendedor porque no me lo trago. Tranquilamente, podrían hablar del tiempo, ponerte al tanto de los chismes de la farándula o quejarse del gobierno, pero no preguntar por tu vida privada. Eso es una intromisión en lo más profundo de tu humanidad, y si conociera algo de leyes y abogacía ya les hubiera hecho juicio. Por metidos, por mequetrefes. Jamás le revelé nada sobre mi vida privada a ninguno de estos intrusos patéticos. Cuando osan averiguar, los evado. Y nunca sonrío al entrar para que no se tomen atribuciones. Porque si les sonreís se piensan que ya existe algún tipo de enlace cósmico entre nosotros y la buena onda de tu tía... Intento ser los más formal posible cuando entro a un negocio del barrio. Un buenas tardes/días/noches según la ocasión y cara de buldog con rabia. No me vengan con el cuento de la conexión porque no hay ninguna conexión. Dame lo que te pido y listo. Y si no lo tenés hasta luego. Porque para hacer sociales están los casamientos. Por eso aquella escena del locutorio se me grabó tan fuerte... Es así: estás esperando tranquilamente el turno y gritan tu nombre delante de todos seguido de un “ya se desocupó la máquina”.
Ahí mismo se dan vuelta todos los que también están esperando y te miran fijo como pensando “así que te llamás así”. Sí, ése es mi nombre, por qué, alguien tiene algún problema, me gustaría decirles en la cara. Pero me callo para no seguirla. No le veo sentido ponerme a discutir en un locutorio. Como tampoco me interesa que conozcan el timbre de mi voz. Prefiero hablar con onomatopeyas, y si no es posible, limitarme al saludo tradicional impostando un poco la voz. Pero lo que más me indignó fue aquella vez, cuando uno de los que atienden el locutorio me dijo, hablando como al pasar, ‘porque vos sos...’. ¡Sabía mi profesión! Yo jamás se lo había dicho y dudo que alguien le haya ido con el chisme porque en ese sentido la reserva y la preservación de la intimidad para mí es una ley de oro y no creo que se me haya escapado palabra alguna de mi vida a nadie del barrio. Y ahora este sabe a qué me dedico y tiene el morro de decirlo en voz alta delante de todos los clientes. Entre esto y lo del nombre hacíamos cartón lleno. Después de aquel día, juré no volver a pisar ese locutorio.
Pero no tenía otro locutorio cerca de mi casa. Y en este locutorio las maquinas eran buenas, de última generación. Así que decidí cambiar la no discreción por la comodidad. Una mala elección, a sabiendas de lo que estaba por venir: un aumento de precio excesivo y la aparición constante de nuevos clientes de temprana edad, que jugaban juegos en red por horas y a los gritos. Todo se habían transformado en un caos, ya no había silencio ni privacidad. Las máquinas no tenían separadores, cualquiera podía ver la pantalla del vecino, fumaban al lado tuyo, ya nada importaba. Decidí hablar con el dueño para que supiera lo mal que estaban atendiendo a sus clientes. Me costó mucho tomar la decisión, porque tal vez de esa charla se disparasen temas privados, pero igual avancé...
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