Internet no muerde

Periodistas en tiempo de migración

Cuando nos vende la memoria

Muy cerca de casa, en uno de los 400.000 hogares que se codean con el Alzheimer en España, vive un matrimonio mayor. Los dos son emigrantes, proceden de Ojedo, un pueblo a la entrada de Potes. El matrimonio vive solo, sin rumbo, perdida en pocos años la noción del tiempo y de las cosas, abandonados por su familia, peleándose cada nuevo día, en un estado límite, con la dura mirada de la calle. El hombre, arrastrando los pies, busca cada mañana la panadería, el supermercado, la farmacia, lo busca todo como quien lo hace por primera vez y es posible que se pregunte para sus adentros en más de una ocasión, ¿adónde voy ahora?¿de dónde vengo?¿qué demonios pinto yo aquí, en medio de esta gente a la que no conozco, que no me conoce? Eso se preguntará el anciano, olvidando muchos días la bolsa de mercancía en el bar de la esquina, obsesionado por comprar más abajo un cupón de la once. Cada historia es un mundo y a veces no podemos hacer nada. Una de las vecinas del matrimonio, cuando comenzó a darse cuenta del problema, llamó a los hijos, que viven en la misma ciudad, para que buscasen una solución para sus padres.
“Usted métase en lo que la importe” –fue la escueta respuesta.
Hace dos años viví de cerca este mismo problema. Una mujer de setenta años, que vivía con su hija, amiga y compañera de trabajo de mi esposa, llenaba la sarten de aceite y echaba en ella un huevo entero, cargaba de agua la aspiradora “para hacer café”, pintaba las paredes de la habitación con sus propios excrementos, guardaba los dientes en el bote de cola-cao de su nieto y así mil cosas más de las que nos reímos desde lejos cuando nos las cuentan por primera vez. El último año perdió completamente el habla y se acentuaron las dificultades y los enredos.
Los expertos aseguran que puede prevenirse y todo indica que nos encontramos ante una plaga nueva, frente a un siglo de luces y pasiones que amanece. Incluso existe un manual donde se aconseja, entre otras muchas cosas, colocar algunos elementos fijos: relojes y calendarios grandes y bien visibles, que los objetos siempre estén en el mismo sitio y cuando la enfermedad progrese se habiliten carteles que indiquen dónde se encuentra el baño, la cocina, la habitación. Y sobre todo, algo que los neurólogos consideran conveniente es “retirar todos los espejos de la casa, porque el enfermo podría asustarse al mirarse en ellos y no reconocerse”.
Nadie quiere llegar a los setenta y verse en ese estado casi vegetativo, donde el más mínimo ruído te molesta y cada hora se hace más espesa. Nadie quiere llegar a esa edad y perder la sonrisa, y acaso, también, ver la mano tendida de los demás como una ofensa.
Nadie queremos, pero el Alzheimer, como el Cáncer, como el Sida, está ahí, acechando a la puerta, proyectando su sombra sobre todos, recortando de alguna manera la esperanza de vida.
Personalmente digo que, no quisiera perder la noción de la cosas, de ahí que a esta mediana edad estruje a las neuronas para que cuenten ahora todo lo que sepan, todo lo que puedan contar, antes de que, como estoy advirtiendo en quién lo padeció, nadie me comprenda. Ni siquiera yo me reconozca.©

De la sección "La Colmena", en "Diario Palentino"

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Antonio Castro Comentario por Antonio Castro el junio 18, 2009 a las 6:51am
Recuerdo una película de ciencia ficción con toda clase de despropositos científicos. "El sexto día" protagonizada por Arnold Schwarzenegger, y a pesa de todo el guión tenía alguna cosa interesante porque planteaba que a una persona clonada de forma casi instantánea se la podía transferir todos los recuerdos que la persona original tenía en el momento que le practicaba un scanner mental. (Todo demasiado fantástico) pero lo interesante es que esos clones idénticos al original mantenían la identidad del original porque lo recordaban todo hasta ese momento. En una palabra y volviendo al tema. Somos lo que recordamos y sin nuestros recuerdos no somos nada. El Alzheimer es una enfermedad muy cruel que disuelve poco a poco en la nada al que la padece. Planteabas la tortura sicológica del paciente en forma de preguntas "¿adónde voy ahora?¿de dónde vengo?¿qué demonios pinto yo aquí, en medio de esta gente a la que no conozco y que no me conoce?" pero hay una pregunta peor ¿quien demonios soy yo? En realidad tu mismo lo has dicho, plantarse delante de un espejo y ver a un completo extraño en él. Perder la memoria sin perder la capacidad de sentir temor tiene que ser espantoso.

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